miércoles, 22 de febrero de 2012

—Quiero ser tan fuerte como tú— le dijo el niño a su maestro. Su rostro mostraba gran determinación, sus cejas de color café se encontraban fruncidas y sus ojos, tan azules como el cielo de la tarde, se encontraban clavados en los de su maestro. Esperaba con cierta nerviosidad alguna reacción de parte de éste, pero el viejo no realizó movimiento alguno.
Se trataba de un hombre de aproximadamente sesenta años, aunque se veía muy jovial y tan vivaz como el niño de siete años que frente a él se encontraba. Alto como una torre y de largos y erizados cabellos grises. Llevaba puesto unos harapos, ropa desgastada, sucia y llena de cortadas. Sobre ella, cubriendo su cuerpo casi completamente, una capa de tela azul de apariencia sumamente gruesa y pesada. Un llamativo sombrero violeta con una pluma verde completaba la llamativa imagen de este hombre. Su rostro, sin embargo, lucía calmo y lleno de seriedad. Sostuvo la mirada del niño por unos segundos y cerrando sus ojos en un suspiro, respondió.
—No podrás.
—¿Qué quieres decir?— Tartamudeó pero sin perder la firmeza... ni la esperanza —¡Si tú mismo me aceptaste como tu alumno! Prometiste convertirme en un hombre fuerte ¡Tú lo dijiste!— Exclamó con voz fuerte, pero seguía siendo la voz de un niño. Y sus ojos de cielo dejaron al descubierto las dudas de su corazón.
—¿Y recuerdas mis palabras antes de hacerte esa promesa?— preguntó mientras observaba al niño desde aquella gran altura, con rostro frío y mirada dura.
—"Prometo tomarte como mi discípulo si demuestras que eres capaz de superarme"— susurró con exactitud y seguridad, recordaba aquellas palabras como si hubieran sido grabadas en su piel.
—Nunca llegarás a ser tan fuerte como yo— prosiguió y la inseguridad se apoderó de las facciones de su alumno fruciéndole el entrecejo y la frente, abriéndole ligeramente la mandíbula —porque tu fuerza nunca será equiparable a la mía, ni a la de ningún otro ser. Tú tienes tu propia fuerza y es ella el camino que debes seguir. Es inútil que quieras caminar por mi mismo camino si no cuentas con el calzado que te permitirá avanzar.
El niño permaneció en silencio, observando los grisáceos ojos de su maestro. Intentaba comprender sus palabras mientras buscaba impaciente una reflexión final que sonara ligeramente favorable a sus oídos de infante.
—Debes ser más fuerte que tú mismo y superarme. Pues en tus ojos veo la determinación y en tus brazos y piernas la habilidad para hacerlo, sólo es cuestión de comenzar a avanzar...

1 comentario:

  1. Otro niño. Te quedan bien las historias con niños "de acción": un vengador, un discípulo... aunque incluso el vengador es un discípulo, de la venganza, claramente. Me gusta más este pequeño relato, más fresco.

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Soy una persona con mucha energía e imaginación. La danza y el teatro son mis pasiones y la escritura es una parte muy importante de mi vida. Mi familia y amigos son todo para mí.