martes, 28 de agosto de 2012

Poderosos seres divinos.

Había una vez un hombre que lo tenía todo —y a todos— a causa de su poder. El podía obtener lo que quisiera en cualquier momento, el podía ser lo que deseara, sólo tenía que quererlo lo suficiente.
Él no debía hacer nada, con el simple hecho de ser quien era, conseguía ser amado. Desde el momento en que nació fue profundamente querido por un grupo de personas, y con el tiempo, ese grupo se fue ampliando. También habían muchos otros que no lo quisieron, que lo envidiaron, pero eso era normal. No importa cuan perfecto se sea, hasta Dios tiene sus enemigos.
Su vida era fácil y todo era tan simple como salir a buscarlo, pero con el tiempo las cosas se volvieron más y más complicadas. Todo lo que antes era simple y natural, terminó volviéndose intrincado y complejo. Ya la vida no era tan fácil como parecía, y todo fue por obra de sí.
A su vez, conforme aumentaba la complejidad de las cosas, su poder aumentaba de manera proporcional. Cada día era más poderoso, cada día tenía más y también quería tener más. Fue entonces que su reinado comenzó a temblar. Es difícil manejar tanto poder, y más cuando quienes lo rodeaban, tanto amigos como enemigos, avanzaban con la misma velocidad.
Este hombre terminó volviéndose un depredador, una bestia desalmada con mucha hambre y fuertes garras. El problema no fue ese, pues al fin y al cabo siempre fue un animal, pero el verdadero problema estaba en que no comía solo para saciar el hambre. Comenzó a confundir el deseo con el hambre y comió hasta satisfacer sus imaginarias e insaciables necesidades.
Poco a poco su mundo fue cayendo a sus pies, así como él mismo y todos aquellos que lo rodeaban. Ya no era él el dueño del verdadero poder, ya no vivía su vida para sí, sino que actuaba según los deseos de otros con aún más poder y los mismos problemas que él. Era una marioneta.
Imagino que inmediatamente, al leer el primer renglón de este texto, pensaron en un hombre con dinero, con influencias, quizás un político o un millonario famoso. La realidad es que este hombre somos todos nosotros. El ser humano en sí, sin importar quién sea, por el simple hecho de ser humano, posee un inimaginable poder. Desde que existimos tenemos todo en cuanto necesitamos, y podemos obtener aquello que deseamos solo con buscarlo. Podemos ser amados sin necesidad de dejar de ser nosotros mismos, así como inevitablemente somos despreciados por otros. Lamentablemente no sabemos medir todas estas riquezas que poseemos, y terminamos utilizando nuestro potencial de manera negativa para nosotros y para el mundo. Si lo desean pueden volver a leer el texto, pero ahora, en lugar de imaginarse a ese hombre que se imaginaban, pienses en un ser humano cualquiera, desde una indígena hasta el vecino de al lado o incluso ustedes mismos ¿No les suena familiar?

1 comentario:

  1. Señorita filósofa, comparto su pensamiento. Gracias por esta publicación.

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Soy una persona con mucha energía e imaginación. La danza y el teatro son mis pasiones y la escritura es una parte muy importante de mi vida. Mi familia y amigos son todo para mí.